Y a veces entra mi hermana al cuarto y me dice:
—¿Desde cuándo escuchás música tan de mierda, vos?
Porque hace unos meses (muchos varios meses) que yo escucho música hippona under argentina, de esa que vas a ver a un sucuchito de tu ciudad -si es que son de tu ciudad o de vez en cuando juntan unos mangos para hacer una "gira"- vestido con remeras grandes, bolsitos tejidos a crochet, un par de rastas sucias en el pelo y con una tuquita para pasar el rato.
A veces, son de la Capital, le grand Capital. Y entonces, como los del campo no tenemos la posibilidad de verlos en vivo en algún barcito de mala muerte, me armo una playlist bien variadita para dormir la siesta o preparar los trabajos de la escuela que dan vueltas por todos los rincones de la casa y siempre, pero siempre, termino haciendo a último momento.
Y sí, claro. Me imagino que debe ser un gran impacto para mi hermana y mis amigos verme cambiar de pseudopunk que se pintaba las uñas de negro y usaba tachas hasta donde no me da el sol a una mina que escucha bandas cuyos nombres son tan estúpidos como "La ola que quería ser chau". Pero, ¿qué es lo malo? Es como cuando te indignás porque tu bandita underground empieza a tener un poquito más de fama, se dan a conocer y saltás con el gastado "Yo te sigo desde Cemento".
Hay que dejar ser. Todos tenemos un lugarcito en el mundo de la música. Algunos, pasivo, escuchando legalmente (¿qué?) lo que nos gusta y otros, más activo, tratando de entrar en una suerte de "mundito sólo-para-artistas" cantando por todos lados con tan de ganar un poquito de fama y hacerse adorar entre la gente.
Hoy quise hacer algo diferente. Mejor dicho, tuve que hacerlo. Mi corazón estaba bastante feliz como para rememorar sus épocas tristes y escribir cositas depresivas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
¿Te causó algo? ¿Gracia, odio, empatía, tristeza? Dejame tu comentario, hacémelo saber y compartamos opiniones. No por nada tenemos criterio.